El videojuego, un relato inquietante

tmpAFE-5Tan pronto como hubo traspasado la arcada, supo adonde se estaba dirigiendo. Se desplazó a través de los grupos de niños enfaenados, de las voces de trompeta de las computadoras, de los flashes de luz y de los vibrantes timbres. Cruzó delante del lugar donde se acumulaban algunas anticuadas máquinas de millón, todas vacías; sus reclamos, cual agujeros mecánicos obsoletos, trataban de acaparar la atención de los transeúntes.

La máquina que andaba buscando se hallaba al fondo, en un rincón débilmente iluminado, y él suspiró como muestra de alivio al comprobar que no estaba siendo usada. Su silenciosa pantalla fija estaba emplazada en un armazón amarillo, sobre una hilera de palancas y botones. A un lado, por debajo de la ranura de las monedas, tenía el chillón dibujo púrpura de una mujer vestida a la moda victoriana. Un gran ornamentado sombrero se apoyaba, ligeramente sesgado, en lo alto de su cabeza. Su amplia mata de pelo caía artísticamente a ambos lados. Estaba gritando, sus ojos muy abiertos, y con el dorso de la mano semicubriendo su preciosa boca. Tras ella, representada en un blanco suave, se veía la mera sugestión de una figura al acecho.

Dejó su maletín en el suelo, junto a la máquina. Con dedos inquietos buscó una moneda en sus bolsillos y la introdujo en la ranura. La pantalla se iluminó. Un hombre de apariencia siniestra, cual cazador al acecho, ostentaba enarbolado un cuchillo. Se deslizó entre bloques de edificios y desapareció. Los dibujos eran excelentes y extremadamente realistas. La pantalla se llenó con bloques de letras azules, dando las instrucciones sobre un fondo azul celeste. Las escudriñó someramente, ansioso de que el juego empezase.

Presionó un botón y la imagen cambió, convirtiéndose en un grupo de escuálidas calles estrechas con edificios lúgubres alineándose en sus contornos. Una figura solitaria, la suya, se paró en el centro cuadrado de la pantalla. Una mujer con vestido Victoriano denominada Polly avanzó hacia él. Presionó la palanca hacia delante, y su hombre empezó a moverse. Recordaba que el hombre debía despojarse de su gorra; de no hacerlo, la mujer no iría con él. Ambos unidos alcanzaron el primer escalón y él dejó cuidadosamente que ella superase la primera intersección. Ols Montague Street era una trampa para principiantes, y hacía mucho que él no picaba. La primera lo debía llevar a Buck’s Row.

Un bobby estaba separando, en un extremo, a dos vociferantes y harapientas mujeres. Tenía que actuar con cuidado ahí, pues le costaría algunos puntos si era descalificado. Consiguió conducir a la pareja dentro del callejón apropiado, dándose cuenta con satisfacción de que se hallaba desierto.

Los latidos de su corazón se tornaron más altos cuando empezó a maniobrar su figura junto a la de la mujer, y a ellos se unió el sonido de una agitada y laboriosa respiración. Esta parte del juego estaba cronometrada, y debería jugar contra reloj. Se sacó un cuchillo del interior de su abrigo. Tapándole la boca a Polly, le rebanó el cuello de oreja a oreja. Líneas de un brillante color rojo palpitaron a través de la pantalla, pero sin tocarlo. Bien. No había sido señalado por la sangre. Ahora venía lo difícil. La depositó en el suelo y empezó a sacarle las entrañas, cortándole el abdomen y abriéndolo a la altura del diafragma, siempre con un ojo en el reloj. Finalizó con veinte segundos de adelanto y movió su hombro triunfalmente, antes de que lo alcanzase el bobby que se estaba acercando con lentitud. Una vez que hubo hallado la fuente pública para lavarse, ya había completado una vuelta.

De nuevo su figura se hallaba en el centro de la pantalla. Ahora la figura que se aproximaba era Dark Annie, y él la acompañó hasta Hanbury Street. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca y ella gritó, lanzando un alarido terrorífico. Inmediatamente la pantalla empezó a llenarse de agudos resplandores rojizos que se unieron al hiriente silbido de los pitos de la policía. Dos bobbies se materializaron a ambos lados de la figura, y la sujetaron fuertemente por los brazos. La cuerda de un ahorcado centelleó en la pantalla, mientras los altavoces emitían una ronca marcha fúnebre. La pantalla se oscureció.

Se quedó contemplando fijamente la burlona pantalla, temblando, sintiéndose sacudido y enfermo, acusándose con amargura. ¡Un auténtico error de principiante! Había estado demasiado ansioso. Con rabia, introdujo otra moneda en la ranura.

Esta vez, avanzó muy cuidadosamente hasta alcanzar a Kate, acumulando puntos de bonificación y sin cometer ningún error fatal. Empezó a sudar; tenía la boca seca, le dolían las mandíbulas comprimidas por la tensión. En esa oportunidad era realmente difícil superar al cronómetro, y se concentró intensamente. Tenía que seccionar los párpados, eso era esencial, pero el sacar los intestinos y colgárselos del hombro derecho no era muy difícil. Ahora, extraer un riñón ya era otra cosa. Al final el reloj fue más rápido que él, y tuvo que alejarse sin el riñón, lo cual le costó una buena cantidad de puntos. Era casi suficiente para lanzarlo en los brazos de un bobby mientras alcanzaba los callejones que lo apartarían de Mitre Square. Los obstáculos se tomaban más complejos conforme iba cubriendo y completando las vueltas. Pero a partir de ese punto era cuando empezaban a ser particularmente delicados, con el cronómetro recortando el tiempo, los enjambres de curiosos, los periodistas y los Comités de Vigilancia… Sin contar con la presencia, redoblada en número, de la policía, le iba a ser casi imposible alcanzar por primera vez las calles adecuadas y que le trasladarían hasta BlackMary… Una voz gritó: «último juego», y poco después su hombre fue de nuevo atrapado. Golpeó la máquina frustrado; luego se ajustó el traje y la corbata y tomó su maletín. Echó un vistazo a su Rollaflex. Diez para las cinco: todavía era pronto.

Una vez fuera, en la cálida temperatura del atardecer, empezó a pensar en el juego para planificar su estrategia cara al próximo día. Con sólo cuidar de los tipos gritones de los portales y los escasamente disfrazados anzuelos de las esquinas, lo podía lograr. Luces chillonas brotaban de los cines pomo, librerías para adultos y hoteles equívocos pasaban ante sus ojos como imágenes de video. Sus dedos presionaban botones imaginarios y palancas, mientras se deslizaba a través de la muchedumbre.

Torció por un callejón oscuro y se introdujo en su oscuridad. Luego se apoyó sobre los húmedos y fríos ladrillos. Ajustó la clave en el dial de su maletín y lo abrió.

La máquina: había pensado en ella durante todo el día en el trabajo, había pensado casi cada segundo en ella, mientras aguardaba inquieto que fueran las cinco en punto, pero había consumido otra oportunidad, y todavía no había conseguido vencerla. Rebuscó entre sus papeles dentro del maletín, y extrajo un enorme y pesado cuchillo.

Esa noche practicaría un poco, y al día siguiente podría vencer a la máquina.

 

Susan Casper